jueves, 26 de mayo de 2016

Algo Más Que Palabras

Europa tiene que hacer memoria del camino

Víctor Corcoba Herrero/ Escritor 
A lo largo del camino de la vida, nadie camina solo, y es bueno hacer memoria de nuestra historia, de lo que hemos podido ser y de lo que somos. Cualquier continente tiene tras de sí un horizonte; y, en el caso de Europa, debiera tener una confluencia poética, fruto de la integración humana. No tiene sentido levantar muros, generar espacios, cuando todos sabemos que somos diversos, pero que estamos predestinados a entendernos. A poco que hagamos memoria, aparte de hacernos bien al corazón, descubriremos lo importante que son los encuentros entre culturas, lo que nos lleva a repensar que las naciones europeas han desempeñado un papel decisivo en los asuntos mundiales. Hoy tenemos el espíritu europeísta, la gran idea de la unión, sin embargo nos falla darle fundamento, llenarla de contenido, hacerla realidad, vivirla como cotidianeidad y no como un sueño. No podemos echar por tierra lo que ha sido un gran proyecto para el planeta, una posible referencia de ciudadanía solidaria y un referente de unidad, donde la inmensa mayoría de los Estados se rigen por sistemas democráticos, aunque no en todos ellos estén igual de desarrollados los derechos de los ciudadanos. Lo mismo sucede con esa ciudadanía, no tan asociada como sería saludable para todos, pues la verdadera solidaridad jamás pondría en duda el bien colectivo europeo.

A mi juicio, Europa tiene que volver a ser ella misma, ese montón de caminantes diversos en una superficie geográfica mínima, pero siempre dispuestos a reencontrarse más allá de las finanzas, de los dominios e intereses de los países, pues no olvidemos que el proyecto de los padres fundadores era, precisamente, reconstruir Europa con un espíritu auténtico de solidaridad, de servicio muto encaminado a lograr que este viejo continente, cuna de la cultura occidental, cumpla su misión universal de ser la llave maestra en favor de la paz, la libertad y la dignidad humana. Sin duda, el carácter europeísta tiene que despojarse de tensiones y tomar otras sendas más hermanadas, más de fraternización entre moradores, en un tiempo en el que proliferan tantas formas de inhumanidad. Recapacitemos, por tanto, volvamos a la convergencia de sentimientos, a nuestro inmenso patrimonio europeísta, sintámonos uno en medio de la diversidad, algo que va con  nuestras propias raíces, con nuestra conciencia en el respeto de los derechos humanos. No demos pasos atrás como momias obstinadas en la necedad. Abramos la mente que, en  nuestra propia senda existencial, tras un poco de cruz, siempre llega un poco de renacimiento. Debemos saber que una ciudadanía que no camina, que no avanza, permanece estática, y esto no es bueno ni para su propia subsistencia como especie. Sabemos que los Estados miembros europeístas avanzan en las reformas y corrigen los desequilibrios macroeconómicos, pero eso únicamente no basta para consolidar, ya no solo la recuperación de Europa, su integración, ya que no se trata solo de poder moverse libremente dentro del marco del Espacio Schengen, se trata también de convivir manteniendo vivo el sentido de la generosidad.


Gracias a la memoria se da en nosotros lo que se llama recorrido; y, Europa, tiene un intenso y extenso itinerario, una larga experiencia donde se percibe que las relaciones entre culturas exige benevolencia, a la vez que compromiso por parte de todos. Ciertamente, nos encontramos en un momento en que resulta especialmente esencial hacer memoria, sobre todo para reflexionar, en relación a nuestro destino, a nuestra identidad, a nuestro modo de concebir la necesaria fraternización de Europa; ya que si trascendental es reducir los obstáculos al crecimiento y fomentar el empleo, asimismo es preciso impulsar una Europa social que merme las injustas desigualdades. Europa no puede dar la espalda a este tipo de tragedias humanitarias, como puede ser la migración y proteger a aquellos que lo necesitan, iría en contra de su razón de ser, de sus principios más ancestrales, de ahí la necesidad de poner en activo una responsabilidad común y una gestión más cooperativa entre los diversos Estados. Sabemos que la magia o las soluciones inmediatas son difíciles de llevar a cabo, pero con la esperanza puesta en la Estrategia Europea 2020, en favor de un crecimiento inteligente, a través de las inversiones más eficaces en la educación, la investigación y la innovación; más sostenibles, gracias a un avance decisivo hacia una economía baja en carbono; e inclusivo, con una fuerte énfasis en la creación de empleo y reducción de la pobreza; unido al fenómeno de la interdependencia, lo que significa que todos dependemos de todos, y por ende, sabedores de que la unión traza el bienestar, mientras la discordia lo destruye y nos demuele, tenemos la confianza de que al final triunfará ese fondo de humanidad que todos llevamos consigo. 

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