martes, 21 de junio de 2016

Compartiendo diálogos conmigo mismo

El rostro de Dios es un rastro de amor

I.- ¡VEN, SEÑOR!
Hoy más que nunca necesitamos despertar,
es tan fuerte el congoja de las noches,
que hemos de reanimarnos con el verso
de los ángeles, para poder discernir
los caminos y hallar la paz en los días,
en nuestra conciencia tantas veces eclipsada.

Todo parece estar poseído por la maldad,
dominado por los falsos dioses, endemoniado,
forzado por tanta rigidez doctrinal, maldito,
pero hemos de negarnos a caer en sus trampas;
rechacemos por siempre las sendas de los hombres,
abrámonos a Dios para siempre en su bondad.

Esta mundanidad que nos acorrala como tormento,
nos está dejando sin ánimo para poder sentir,
lo que nos impide concertar la mente a la acción,
e injertar la fuerza del corazón al pensamiento,
pues aquel que piensa tampoco se deja engañar,
que si el engaño ahorca, el desengaño ahoga.

Son tantas las seducciones vertidas a diario,
tantos los egoísmos cultivados en abrazos,
tantas las codicias cautivas del ser humano,
tantos los narcisismos sujetos a uno mismo,
que pido a Dios nos ayude a reencontrarnos,
a ser nosotros, un alma que ansíe: ¡ven, Señor!.

II.- ¡SOMOS TU FRUTO!
Dulce Jesús, tú que fuiste hombre
de gestos, más que de gestas,
que te dejaste crucificar para redimirnos,
injértanos de paciencia para que esta vida
de gemidos, se perfume de tu amor,
y podamos respirar el incienso de los clavos.

Sabemos que el rostro de Dios es un rastro
redentor, de infinita misericordia,
que permanece en nosotros
a la espera de nuestra llamada,
que se desvive por cada uno, como fuente
de esperanza, como manantial de luz.

Perdónanos si no te llevamos dentro,
auxílianos en todo momento, 
propicia nuestro encuentro con el Padre,
despéjanos la puerta del cielo, claréanosla, 
para percibir el infinito amor del Creador,
donado en gratuidad, a pesar de nuestros pesares.

Aparta de nosotros la afrenta de este ahogo;
vos, Señor, el plenamente encarnado,
decaído en la Cruz, pero glorificado después,
pues nuestras llagas son tus llagas,
nuestros dolores son tus dolores,
y tu gloria es nuestra gloria: ¡somos tu fruto!



Víctor Corcoba Herrero

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